
La mujer del sombrero verde (Pablo Picasso)
El nacimiento del Homo Economicus
Nos resulta árido hablar de economía. Su formulación moderna nos remite a aulas, fórmulas, gráficos y leyes que alguna vez debimos memorizar. Nos referimos a la economía como una ciencia y solemos dejarla en manos de expertos —aun cuando estos se contradigan habitualmente en sus opiniones.
No siempre fue así. De hecho, la economía nace como ciencia independiente hace tan solo unos 300 años. Hasta entonces, formaba parte de las discusiones filosóficas o teológicas de la época, y era reconocida como oikos-nomía: la administración del hogar griego —una pequeña comunidad que incluía incluso a esclavos.
La economía presupone una sociedad de la que es parte, y un problema económico común: el de la satisfacción de nuestras necesidades. Hay tantas economías posibles como tipos de sociedades podamos encontrar: el trueque de Mesopotamia o Egipto, el comercio y tributo durante el Imperio Romano, el regreso al trueque en el sistema feudal, el nuevo desarrollo del comercio durante el Renacimiento. La economía y sus leyes son propias del sistema en el que elijamos vivir, por adaptación o conveniencia.
¿El problema económico es el mismo en una sociedad agraria sencilla que en una industrializada? Evidentemente no. La capacidad de producción y el nivel de excedentes en la agricultura moderna desvinculan al productor del consumidor, interponiendo una red de distribución que transforma radicalmente la forma de responder al problema económico.
Hoy continuamos enraizados en una teoría económica formulada en una sociedad mercantilista y preindustrial hace ya más de 300 años,. El ser humano ilustrado se vio a sí mismo como racional, esencialmente distinto del resto del mundo natural, capaz de conocerlo todo a través de la ciencia. Las pasiones eran vistas como debilidad. Así, los pensadores económicos adoptaron el modelo de las ciencias físicas, esmerándose en describir leyes a partir de un sujeto ficticio.
Así nace el concepto de homo economicus: una versión ilustrada y mercantil del homo sapiens. Nace como una herramienta académica para comprender el comportamiento humano en el mercado. Sin embargo, adquirió un protagonismo desmesurado: se convirtió en norma, en espejo. ¿Qué tipo de sujeto presupone esta teoría? ¿Qué humanidad encierra —y cuál deja fuera?
Mientras, en Latinoamérica
Si alguna vez el homo economicus explicó nuestra forma de habitar en el mundo, lo hizo en un contexto geográfico e histórico determinado. Y claramente, no es la única forma de ser-en-el-mundo que conocemos, ni necesariamente la que más nos identifica.
Desde esta orilla, en el sur del mundo, los ejemplos abundan: basta con observar una minga en Chiloé para comprender que la cooperación es también una forma posible de resolver nuestras necesidades, o contemplar la red de intercambios basada en el principio de reciprocidad andina —ayni. La cosmovisión mapuche, aymara o diaguita, entre muchas otras, nos recuerda que la relación respetuosa con la tierra y entre las personas puede ser el centro del quehacer económico.
Se hace evidente que el interés económico o mercantil no es el único, ni el más importante, móvil de todo ser humano. El problema económico —la satisfacción de nuestras necesidades vitales— suele ser un medio para conseguir fines más profundos. El beneficio económico es solo una de las formas de bienestar que podemos perseguir. Y, a lo largo de la historia, no ha sido la única ni la más importante.
Para nuestras culturas originarias, lo económico todavía se encuentra profundamente vinculado al oikos: la casa, el entorno que habitamos, el cuerpo que somos. Lo que la academia llama informalidad, muchas veces es reciprocidad. Lo que llama atraso, es cuidado. Lo que llama improductividad, es descanso. Estas formas de ser no están fuera del mundo económico: están fuera del modelo. Y eso hace toda la diferencia.
El hombre simplificado
El problema no está en el modelo. Todos quienes amamos la ciencia sabemos que el modelo es una simplificación necesaria. Intentar tomar decisiones complejas sin un modelo sería equivalente a navegar a ciegas. El homo economicus ha sido una herramienta extremadamente útil: ha permitido construir mercados eficientes, gestionar logísticas complejas, diseñar incentivos y tributar para redistribuir el bienestar.
Sin embargo, con el tiempo, esta hipótesis de trabajo fue gradualmente transformándose en un criterio moral, en un ideal normativo. El homo economicus fue definido como un ser racional y orientado a su propio beneficio: alguien que maximiza su utilidad, minimiza sus costos, y elige siempre lo más conveniente. Un ser que no necesita colaborar, donar, ni preocuparse por el entorno, pues al buscar su bienestar individual se supone que contribuye -necesariamente- al bienestar colectivo.
¿Qué aspectos de nuestras vidas quedan fuera de este modelo? ¿Qué pasa con la generosidad, el sacrificio, el afecto? ¿Es sensato seguir tomando decisiones públicas basadas en esta versión reducida del ser humano? ¿Qué economía puede nacer de un sujeto que ignora los límites físicos de su entorno?
Si la teoría nos obliga a dejar fuera lo humano, quizá no entendemos bien ni la teoría ni lo humano.
La grieta y la paradoja
En la enseñanza de la economía agradecemos los modelos simples. Pero los problemas surgen cuando se usan como si fueran descripciones completas de la realidad. ¿Qué pasa cuando un modelo diseñado para entender decisiones microeconómicas en un contexto puntual, se usa para dictar políticas macro trescientos años después?
El homo economicus es un ser predecible, con preferencias estables. Pero nuestras decisiones reales están plagadas de contradicciones, emociones, intuiciones. ¿Qué ocurre con todo lo que no cabe en la planilla Excel?
El problema no es que el modelo esté mal, sino que insistimos en usarlo donde no sirve. Lo aplicamos fuera de su dominio válido. El modelo termina moldeando no solo nuestras políticas, sino también nuestras expectativas y relaciones. No solo modela al ser humano, también lo moldea.
Homo Paradoxus
El homo paradoxus surge como una figura que se hace cargo de sus contradicciones. A diferencia del homo economicus, no silencia las voces que coexisten en su interior. Acepta que hay muchos «yo» que conviven: el que teme, el que arriesga, el que cuida, el que se contradice. Y ninguna de esas voces es menos legítima.
Mi formación en finanzas coincidió con un diplomado en psicología junguiana. El primero valoraba la utilidad y el retorno; el segundo, el sentido y el vínculo. Esa convivencia de lenguajes fue, para mí, más una necesidad que una elección. Porque sentía que la economía hablada en la universidad no hablaba de mí.
El homo paradoxus no reemplaza al homo economicus. Lo acompaña, lo complejiza. Introduce el matiz, el conflicto, la ambigüedad. Nos recuerda que lo que no puede ser medido también puede ser significativo. Que nuestras decisiones no siempre maximizan utilidades, pero sí pueden maximizar sentido.
Esa grieta entre lo que se espera de nosotros y lo que somos no es un accidente: es un territorio que nos constituye.
Creer en una racionalidad única nos lleva a silenciar todas las demás voces. Pero cuando nuestra vida y la de nuestra sociedad no cabe en la teoría, no es que nuestra vida esté mal. Es la teoría la que necesita ser ampliada.
El homo economicus nos imagina como seres predecibles y, por ende, manipulables. En palabras de Foucault, en seres «fácilmente gobernables». El costo de nuestra supuesta racionalidad es el de nuestra autonomía.
El ser que se piensa a sí mismo
Cuando una alumna me dijo que había empezado a leer economía porque sintió que, por primera vez, hablaba de ella, comprendí que esta disciplina podía recuperar una conversación robada. Las paradojas no son errores: son señales de que hay más de una lógica en juego.
Por eso surge este proyecto: no para tener razón, sino para abrir preguntas. Para pensar desde la complejidad, desde las fracturas, desde la coralidad que somos.
Las paradojas no son errores de lógica. Son síntomas de que hay más de una lógica en juego. Somos seres sociales y la diversidad también nos constituye. No estamos solos en nuestras contradicciones: somos muchos viviendo entre lo deseable y lo posible, entre lo correcto y lo necesario, entre lo que soñamos y lo que tememos.
Si el modelo no nos incluye, tal vez no estemos rotos. Tal vez solo necesitemos un espejo más amplio donde nuestras preguntas puedan volver a tener lugar.
¿Y si la economía fuera también una forma de imaginarnos?