
Lo público es un libro inextinguible de dolores, de pequeños gestos, un mar abierto donde podemos diluirnos hasta el infinito, pero también donde cada mañana podemos recoger alimento y aire diáfano.
Crecí en Los Ángeles aprendiendo paulatinamente a salir de mi habitación, donde me enclaustraba para jugar, estudiar y programar en mi primera computadora. No fue fácil dar los primeros pasos fuera de ella, menos aún fuera de casa. Recuerdo una tarde, yo con diez años, mi hermana menor con cuatro, mis padres habían salido a comprar al supermercado algunas cosas y me habían dejado como cuidador, pero al cabo de un par de horas yo comencé a angustiarme porque tardaban un poco más de lo habitual. Salimos de casa con mi hermana a buscarlos, era de noche, cerramos la puerta por fuera -no teníamos llaves- y ni siquiera sabíamos por dónde comenzar. No sabía bien cómo llegar al centro comercial y estaba todo tan oscuro afuera. No llegamos muy lejos, mi hermana ante mi visible confusión, rompió en llanto y me quedé allí afuera consolándola, abrazados mientras a unos metros los automóviles pasaban rápido e indiferentes. Providencialmente, mis padres llegaron a los pocos minutos y nos descubrieron. Me retaron largamente por mi incauta aventura, prohibiéndome desde ahí volver a salir en su ausencia.
Conquistar esos pequeños espacios de independencia en una familia que se sentía durante mucho tiempo extraña en el pueblo que vivíamos, fue una aventura llena de artilugios y medias mentiras. Los únicos lugares a los que podía ir, mientras mis padres estuvieran tranquilos, era al colegio y a la iglesia; por cuanto allí fui donde debí abrir espacios de exposición y socialización, a la vez que fueron estas las excusas que desde pequeño aprendí a decir para obtener permisos.
El espacio social no era un lugar donde ir a perder el tiempo, sino un espacio para enriquecerme espiritual o culturalmente, un lugar de estudio, de expresión artística, de entrega generosa a otros.
Años después, mientras estudiaba en Valparaiso, mi propio encierro era una continuidad de esas enseñanzas: mientras no encontrara un lugar donde enriquecerme u obsequiar parte de mí a otros, mi mejor alternativa era encerrarme a estudiar. Tardé algunos años en comenzar mi pequeña vida pública liderando preuniversitarios solidarios y haciendo clases a liceos, junto a algunas ayudantías remuneradas en la universidad. El estudio era una actividad solitaria, mientras que el arte un quehacer colectivo, por cuanto mis nuevas incursiones en el plano artístico confluyeron en tomar talleres de arte, participar en concursos literarios y luego unirme al departamento de cultura de la federación de estudiantes, donde conocí a quienes serían mis amigos de universidad y que conservo hasta hoy.
Tras mudarme a trabajar a Santiago, todo aquello rápidamente se diluyó como una historia rural más. Lo rural es aquello en mi vida aparece cuando miro al pasado, sin importar cuán urbano haya sido el contexto en que se desarrolló. Lo rural es una instancia mítica de mis antecedentes familiares y aquello de lo que anhelamos escapar, aun cuando vaya con nosotros. Lo rural es ese borrador de vida que permite que esta nueva etapa se desarrolle. Lo rural es ese territorio al que mis papás volvieron, una vida después, tras haber conquistado su propia urbanidad interior.
Santiago fue siempre una ciudad que me intimidó por su tamaño y las miles de historias que en ella conviven. Desde mi vida en Los Ángeles no existía forma de aproximarme a Santiago que no significara un salto hacia la dilución infinita de mi identidad pública. Valparaíso fue una amable escala intermedia, pero el empuje de la conquista y la escasez de oportunidades laborales me arrastró finalmente a esta capital, a esta nueva ruralidad llamada Santiago, provincia dentro del concierto que llamamos hoy lo civilizado; pues mientras yo intentaba abrirme paso físicamente en este mundo, “lo civilizado” se inmiscuía en todas las esferas de nuestras vidas en forma de virtualidad electrónica, conexiones y foraneidad instantánea. Lo civilizado es siempre aquello que está idealizadamente lejos de nuestro alcance, una fachada estética, cultural y tecnológica.
Tardé una década en abrir las nuevas cerraduras de mi habitación en esta ciudad. Del trabajo al dormitorio, con esporádicas escalas que consistían en salidas con amigos a compartir nuestras ansiedades o a disfrutar de algún espectáculo, de esos que tan hermosamente abundan aquí.
El día que conseguí abrir las cerraduras, mis padres estaban de vuelta en casa. Había conseguido replicar mi pequeña ruralidad en la capital, con una pequeña familia adoptiva que reforzaba sus cerraduras hacia aquel mundo exterior frío y peligroso. Mi nuevo hogar era tan cálido como el original de Los Ángeles y a la vez tan silencioso y pequeño. No fue hasta que me sentí profundamente cómodo que el mundo exterior vino a golpear sus puertas. Me invitaba a entregar una parte de mí a un grupo que no tenía cómo retribuirlo, en un rincón de la ciudad más allá de sus límites potencialmente seguros. Y junto con ello, el arte y la expresión artística, la posibilidad de dictar algunas clases en universidades, la invitación a compartir con grupos virtuales de un pequeño “mundo hispanohablante”. La llamada era tan pulsaste e imperiosa, como ese despertar adolescente que me llevó a migrar a Valparaiso a mis diecisiete. No había posibilidad de mirar atrás. Pero tampoco de salir de casa sin forzar sus cerraduras.
Apenas me atrevía a cerrar la puerta tras de mí y di unos cuantos pasos, me sentí una vez más pequeño y solo en la calle, abandonado y arrojado a la noche fría y sus automóviles indiferentes. Me acogió una amiga.y hermana que también lloraba ante su propia incertidumbre y separación -una de esas coincidencias que en los momentos de mayor desazón susurran a nuestra relatos alma de hilos y eternidades sin fondo-. Como cuando tenía diez años, me estremecí de miedo, pero a diferencia de esa vez, mis padres no llegaron y el silencio se prolongó por toda esa noche. Y las siguientes.
Aprendí a vagar sin techo y a recibir el cariño de lo público, de ese espacio tan temido antaño. Pese a mis pies fríos mi alma se mantuvo abrigada esas semanas, hasta que logré reasentarme en soledad. Soledad que no sería sino el presagio de una más larga y vastamente extendida durante los años de la pandemia, periodo en el cual mis fantasmas encontraron también su espacio dentro de mi nuevo refugio.
¿Qué es lo público? Vuelvo a preguntarme. Para mí ha vuelto a ser esa zona de extensión inabarcable donde convive el gran sinfín de historias, miradas, anhelos y frustraciones que nos constituye. Un espacio menos amenazante que lo que tememos, una noche que es capaz de abrir sus puertas para acoger, una cama menos cómoda pero llena de generosidad y esperanza. Lo público es ese libro inextinguible de dolores y pequeños gestos, un mar sin límites donde podemos diluirnos hasta el infinito, pero también donde cada mañana podemos recoger alimento y aire diáfano, un público diverso, una calle llena de indiferencia donde, sin embargo, dos o tres se pararán a oír tu voz y decirte que les has alegrado el día. Lo público es ese lugar donde puedes entregarte, crecer sin límites y en el cual tus anhelos difícilmente se satisfarán, pero es también poco lo que te faltará. Lo público es esa mesa generosa, esa taza de té caliente, esa historia que se cuenta una y otra vez y que nunca terminas de entender, es la herida profunda que deja en las veredas la acumulación de años y partidas, es la constatación de que alcanza para todos, pero no hay para todos.
Lo público es la exhibición de esa enfermedad que en lo privado se oculta, es la emergencia de los personajes que constituyen nuestra identidad y que en lo privado se niegan o denostan.
En lo público volvemos a esa ruralidad de la que huimos cotidianamente con tesón, a esa experiencia del ser feliz con tan poco y a la vez tan profundamente tristes. Allí se entrelazan ambos mundos sin negarse, volviendo a tener valor una estufa humeante, una tetera hervida y un techo compartido.
He aprendido que salir de mi habitación es una experiencia que no puede ser reemplazada por virtualidad ni literatura alguna. Y que hoy puedo volver desde la calle a mi habitación cuando quiera, pues mi espacio seguro seguirá yendo conmigo mientras el mundo exterior no sea una amenaza que me obligue a cerrar la puerta con llaves.