El nuevo libro de Margarita Ovalle nos invita a celebrar la vida de Igor Saavedra, ingeniero y físico chileno que dedicó sus esfuerzos a encender el amor por la ciencia entre generaciones de estudiantes que pasaron por sus aulas. Margarita ha logrado plasmar con delicadeza sus palabras en sus páginas, tejiéndolas de tal manera que nos permitan vislumbrar el carácter y semblante de Igor.
En mi opinión, Margarita ha creado una obra que todo ingeniero debería leer, tanto aquellos en formación como los profesionales que intentamos hacer de esta carrera una forma de vida. Hoy en día, se nos exige a los ingenieros una convivencia íntima con la tecnología y la eficiencia, reduciendo nuestra vocación al servicio del capital. Frente a esta visión utilitarista, el camino trazado por Igor se nos revela como una historia consecuente con los valores y principios que eligió abrazar: al renunciar, por ejemplo, a su estabilidad académica en Inglaterra para regresar a Chile a instalar la física como una profesión. Igor nos habla en el libro de lo profundamente humanas y libres de sus elecciones, abriendo la pregunta sobre la finalidad de nuestros esfuerzos. Ingenieros: ¿al servicio de qué y de quiénes hemos de poner la técnica que la academia nos proporcionó?
Igor se describía a sí mismo como un hombre de ciencia. La física y la matemática llegaron a su alma incluso antes que a su razón: “trabajar en ciencia conlleva el privilegio de vivir maravillado”, nos confiesa. Invitaba a sus alumnos a recorrer ese sendero de maravillas, instándoles a sucumbir ante la belleza de lo desconocido y de lo que no lograban entender. Para Igor, la ciencia no era solo un compendio de conocimientos transmisibles, sino una disposición humilde para abrazar aquello que no sabemos, sumado al esfuerzo desplegado para que la razón ilumine parcialmente lo que antes estaba oscuro.
Según Igor, la razón no es algo que pueda transmitirse fácilmente, sino el fruto de un trabajo disciplinado que exige conciencia sobre cómo nuestro pensamiento es elaborado y una gran claridad acerca de nuestros sesgos y limitaciones. La razón es fruto de nuestra totalidad como seres humanos y jamás podríamos delegarla a algoritmos. Como Margarita diría, la consciencia solo es posible gracias a ese fondo inconsciente y numinoso que le sirve de matriz.
Lejos de limitarse a los laboratorios, la ciencia era para Igor un agente de cambio y transformación social, al expandir los límites de lo posible y posicionar al ser humano en el cosmos. El quehacer científico adquiere así un carácter político: al decidir qué investigaciones financiaremos y cuáles no, o al trazar los límites éticos y teleológicos de sus avances, estamos eligiendo el mundo en que viviremos. Nos corresponde preguntarnos con honestidad: ¿ciencia al servicio de qué y de quiénes?
En última instancia, la ciencia reinterpreta y actualiza las historias sobre nosotros y nuestro entorno, fundamentando nuestra cultura. La relación entre ciencia y mito es más intrincada de lo que parece a simple vista. Según Campbell, el mito es el sustrato simbólico sobre el cual se deposita todo conocimiento. Al posicionarnos dentro del cosmos y facilitar la comprensión de nuestra complejidad interior, tanto mito como ciencia no solo abordan las mismas preguntas, sino que colaboran activamente en nuestro razonamiento y en la elaboración de hipótesis y narrativas. Este mutuo descubrimiento tendió el prolífico puente entre Margarita e Igor que hoy nos reúne, un puente que nos corresponde seguir extendiendo hasta que tanto la ciencia como el mito logren liberarse de la noción de verdad como interpretación única y monopólica.
El libro que hoy celebramos es una nueva constatación de este puente, asentado en aquello que es profundamente humano: la apertura al misterio, las verdades yuxtapuestas, a menudo contradictorias, y el núcleo incognoscible que urde la trama de nuestras vidas y se nos manifiesta en momentos trascendentes.
Tanto para Igor como para Margarita, la ciencia es una actividad intrínsecamente humana. Ante la amenaza de los algoritmos de inferencia rápida y la verdad basada en consensos, es urgente aprender que la razón requiere tanto del contacto con la realidad interior como la exterior, siendo imposible su desarrollo sin presencia y conciencia plena. Conciencia de uno mismo que no puede limitarse al desarrollo del genio individual, sino que es perentorio expandir hacia una conciencia social, sensible a las necesidades de la comunidad y capaz de expresarse en una ética orientadora que nos garantice estar haciendo, como decía Igor, «lo mejor posible».
«Lo Mejor Posible: conversaciones con Igor Saavedra», Margarita Ovalle Vergara, Sofía del Sur Editorial, 2023
